Catherine y James

Por: Marco Mora

Crash | Film de David Cronenberg | 1996

Catherine y James son una pareja poco común. Tal vez su relación ha caído en algo anodino, somero y aburrido. Tal vez como pareja saben que la excitación entre ambos va más allá del erotismo y la sensualidad. Probablemente no creen en el alma y desconocen El Banquete de Platón. Se saben ellos, pero se saben otros. Ajenos a la existencia de la pareja, de lo “mutuo” y de la “reciprocidad”. Catherine y James prueban tener relaciones sexuales con diferentes sujetos –ellos sin problema podrían denominarlos objetos– y se cuentan sus experiencias para saber qué tal estuvo.

A la falta de placer sexual entre pareja, Catherine y James buscan otra manera de satisfacer su concupiscencia. Su perenne, su indómita pasión que rebasa paradigmas amorosos. Por infortunio –o tal vez fortuna o suerte en un mundo al revés–, James sufre un aparatoso accidente de autos en el que el resultado es conocer a una doctora de nombre Helen. Ella, al salir ilesa del accidente, le muestra la chiche a James. Qué desconcertante. (hasta ese momento).

Después de terminar convalecientes en el mismo hospital, Helen y James se relacionan de una manera ilógica. Los motiva el pasado del accidente y ambos buscan los automóviles que participaron en el siniestro. Descubren que tienen cosas en común y terminan teniendo relaciones sexuales –no amor– en la parte trasera del vehículo de James. Pero algo los incitó en el camino al acto. Un ligero accidente automovilístico.

A raíz de su conexión carnal, Helen lleva a James con una especie de cofradía que se dedica a la “investigación” de accidentes automovilísticos o algo así. Los comanda Vaughan. Un sujeto con pinta de esquizofrénico y desenfrenado sexual. Resulta, a partir de las relaciones con Vaughan, que no se trata de unos investigadores de accidentes, sino de personas que obtienen placer sexual gracias a los accidentes automovilísticos: sinforofilia; una parafilia que consiste en obtener placer sexual a partir de un desastre[1].

El final no consiste en la reivindicación de los personajes hacia el amor “cortés” como lo concebimos hasta ahora. No. El final –y parece que es feliz como en los cuentos de hadas– es cuando James consigue tener relaciones sexuales con su esposa segundos después de que él le provoca un cuasi mortal accidente automovilístico. Y no sólo llega al empíreo carnal con la muy probable muerte de su esposa, sino que enaltece la parafilia que siente y que se ha apoderado completamente de él. El desastre provocado por un choque automovilístico. Probablemente si Catherine, su esposa, hubiera muerto, James hubiera conocido una nueva forma de hacerle honores al libertinaje y al aburrimiento. La necrofilia.

Pero ¿qué dice Crash más allá de las imágenes sexuales que se ven en la pantalla? El thriller se carga contenido sexual desde el principio hasta el final. En la primera escena Catherine tiene sexo con un sujeto/objeto en un hangar cualquiera. En la última, de nuevo Catherine muestra sus lúdicas piernas en el acto sexual que ahora lleva a cabo con James. Sólo que esta vez al borde de la muerte, después de un catastrófico accidente automovilístico.

En términos cinematográficos, hay un actor pasivo que hace falta para que Crash se pueda entender como un film “normal”: el tan solicitado amor. Por las libertades de los protagonistas, se concluye que en la historia desarrollada no existe una prueba de amor. El amor no trasciende e incluso es prescindible por donde se le busque. A ver. Dice Octavio Paz en La llama doble que «…El erotismo es la sexualidad ennoblecida, y el amor es elegir a una sola persona dentro de muchas para confiarle tu intimidad.»[2]. Y si se respeta el pensamiento de Paz, en Crash el amor no existe. Pero no existe no por casualidad sino por causalidad de la existencia de nuevas parafilias como la de la obtención de placer gracias a los desastres provocados por el hombre. En este caso, siniestros automovilísticos.

Conforme se desarrolla el film, la naturaleza del amor no sólo se desvanece, sino que se pierde. James tiene sexo primero con la doctora Helen, después con su esposa, después con una sinforófila más e incluso con el cicatrizado –gracias a varios accidentes– Vaugham. Acompañados siempre con el desastre. Pero es ahí donde aparece un actor pasivo que sería el protagonista y el lema del director canadiense David Cronenberg: la pérdida del amor como relación humana insustituible.

Más que forma hay fondo, porque la inexistencia de amor en la sociedades –amor como forma de comunicación– es una de las formas de inestabilidad en estos tiempos, porque a decir del propio Octavio Paz, el amor, más que la política o la economía, nos hace humanos y nos ennoblece. Y en el caso de Crush se pierde incluso el valor humano. Tal es el caso de dos situaciones imperantes en la sociedad actual: la primera; como resultado de sus vidas insaciables, los artistas –como ejemplo pongo a los músicos– terminan perdiendo el control de su sexualidad que probablemente ya tenían definida. Ha habido decenas de casos en los que un artista cambia de cierta preferencia sexual a raíz de su insaciable ímpetu. No se puede generalizar, sin embargo es probable que esa decisión la haya tomado después de ya no poder saciar su deseo con lo que está siempre “disponible”. Debe de ser una forma de crisis (Aquí vale la pena hacer una aclaración: no se entienda cierta preferencia sexual como el resultado de una crisis existencial o emocional, sino que el cambio de una orientación a otra, puede llevar como trasfondo la insatisfacción de las personas con su orientación determinada debido a la poca valoración del cuerpo ajeno como dador del eros). La segunda situación que impera actualmente y que puede pasar desapercibida –pero que vale la pena hacer hincapié– es la existencia de la pornografía que habla del desuso del amor y el erotismo en la época actual. Y no es que la pornografía haya surgido en años recientes, sino que demuestra que la industrialización del erotismo recae en la poca fuerza del amor amable como opción para saciar nuestra hambre de sexo. Ya existen dentro de la industria pornográfica la profesionalización de ciertas parafilias que poco a poco han ido tomado auge. No se sabe cuánto falta para que en los principales canales web de contenido pornográfico se descubra contenido sinforófilo. Sin embargo es muy probable.

Y siguiendo la línea, Crash se puede entender como un aviso de lo que viene para la sociedad. Porque no sólo nos caracterizamos por la búsqueda de la libertad, sino por el descontrol de ésta cuando la hemos conseguido. En el siglo XVIII el Marqués de Sade fijó formas de libertinaje en el amor tales como la coprofilia. Y si ahí ya se había desvirtuado la existencia de El Sujeto dentro de la relación sexual, ahora no sólo no existe, sino que el placer está determinado por cuestiones externas que no cuentan con albedrío o libertades para decir “sí” o “no” quiero ser parte de la acción. Con Sade, el sufrimiento era parte clave para saber que la otra persona existía; existes porque sufres. Ahora, con la sinforofilia de Crash se demuestra que el deleite visual ya lleva por sí solo a la excitación personal. Es la descripción de ciertos extraños placeres.

En Crush se demuestra que el sujeto partícipe de un acto sexual ya no provoca excitación, sino un desastre.

A saber entonces que Crush es un thriller reflexivo que vislumbra y descorre algo que impera. La pérdida de placer acompañado del amor es algo que se ha convertido en leitmotiv en diversas expresiones artísticas, y esos significa que existe, que es parte de nuestra realidad y que no dimensionamos hasta dónde pueden llegar a desarrollarse y qué consecuencias pueden llegar a tener esos extraños placeres.

[1] Entiéndase siniestro, colisión o accidente.

[2] Paz, Octavio, La llama doble, Seix Barral, México, 2002, p. 106

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