Ludovic

Por: Marco Mora

| Film de Alan Berliner | 1997

Ludovic muestra el lado erótico de la sexualidad. La película dirigida por Alan Berliner es un desafío. Es la representación femenina de algo poco frecuente que es la transexualidad. Nótese para corroborar esto que la paleta de color del film se basa en colores fríos que no evocan a otra cosas sino a la parte amable y sutil que sólo las mujeres poseen para poder mirar al amor.

En Mi vida en rosa la aceptación de ser diferente parece no ser tela de juicio. Pero realmente es algo que a la familia de Ludovico le preocupa porque parece que su manera de vestir y de actuar va más allá de sólo una confusión infantil. Y Ludovic, se sabe mujer. Mujer en cuerpo de varón. Es ahí en donde surge por primera vez el espectro conocido como otredad. Porque Ludovic se acepta ajeno pero respeta el cuerpo que no le pertenece y que es más parecido a Ben, el novio de la tan hermosísima Pam –así, en superlativo–.

Después la otredad surge como conclusión del film porque Ludovic no es aceptado por su familia sino hasta que su madre –quien creía que su niña Ludovic no existía– descubre aquel mundo al que su retoño pertenece. La otredad consiste en aceptar que el otro existe, y que con él va a venir su visión del mundo, su idiosincrasia, sus placeres y sus desagrados. La otredad se hace presente al final del film, cuando la familia de Ludovic comprende quién es él.

Por el mismo cauce vale la pena hacer la diferenciación entre poca tolerancia y la presión de las costumbres del vecindario. Para los papás de Ludovic, sus actos no son más que juego y comportamientos normales de un niño de su edad; no es sino hasta que sus apariciones como niña empiezan a incomodar al vecindario que sus padres se percatan que Ludovic no es un niño normal. Dime con quién andas y te diré quién eres. Pero si no hay nadie que te lo diga, no hay nada que temer.

En la historia, la única que logra ser empática con Ludo es su abuela. Pero no resulta raro, ya que aquí la rara es la abuela. No se siente grande y baila la música más juvenil. Razones para entender a Ludovic las tenía. A ella pocos la entienden. Es ahí cuando la relación entre abuela y nieto se hace más fuerte. Juntos, después de poco valorarse la abuela, viajan al mundo que sería perfecto para cada uno. Ludo se ve de blanco con un vestido precioso. Impoluto, como hasta ese momento estaba su conciencia (Algo que no compartían los vecinos debido a que ellos ya habían sido ensuciados con el pensamiento de la sociedad en el que la hipocresía de cada persona se ve reflejada en su mojigatería de quinta; han deseado a otra mujer que no es su esposa, han tenido relaciones sin erotismo y seguramente se han masturbado mínimo una vez).

Y es que Ludo no desea a un varón; lo que él quiere es convertirse en la esposa de alguno. Ser ELLA y bailar como sólo Pam lo haría. Esa muñeca dócil de sonrisa afable y piel tersa. En definitiva estaba en el cuerpo equivocado. Porque no tenía deseos de hacer uso del pene. Inclusive lo ignoraba. Lo que él quería era usar vestido y que no le cortaran el cabello nunca, porque es una niña, y como las niñas él quiere menstruar.

Algo en donde el director de la película se vio temeroso, o tal vez arriesgado, es en donde relaciona el destino de Ludovic con la voluntad de Dios. Por un lado, pudo haber sido un aviso de: «Si Ludo es así es porque Dios así lo quiso». Por el otro, más arriesgado y antípoda, fue un: «Entiendan todos ustedes que la transexualidad es algo que se sale de la voluntad de Dios». Y es que cuando Ludovic más se aferra a una especie de deidad –suponemos que toda su familia es cristiana por el crucifijo– es cuando se siente negado de su voluntad, cuando le ruega a a diosito que le entregue esa X que por pura lógica le correspondía. Por antonomasia casi casi. Pero vale la pena que Berliner haya metido a Dios como el que determinaba la orientación de Ludo. Nunca fue una de las razones de los vecinos para juzgar al niño. Los vecinos, temerosos de la libertad, oprimían.

Así Ma vie en rose es una apología a la diversidad y a la tolerancia. Claro que aún mostrando el resquemor que se muestra en una sociedad belga, el ejemplo es bastante moderado comparándolo con una sociedad como la mexicana. Pongamos a Ludovic en el suelo de Sinaloa, y que se llame Ludovico. La suerte no sería la misma. Pero tomando en cuenta que la filmación de la película fue en 1997, Alain Berliner da un paso grandísimo en las expresiones artísticas con apertura sexual. Salud por el entendimiento de la otredad a finales del siglo XX.

Categorías: Cine

1 Comment

Gerardo · marzo 2, 2017 a las 12:27 am

Muy interesante 🙂

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